A 50 años del golpe de Estado en Argentina, la memoria como acto de resistencia

Por Karla Almaraz (becaria de la CIGU)

Foto: Karla Almaraz

A 50 años del golpe de Estado en Argentina, la memoria continúa siendo una tarea colectiva, donde se mira hacia un episodio ocurrido en el pasado, sino también para preguntarse qué permanece de aquella experiencia, cómo se transforma con el paso del tiempo y de qué manera puede transmitirse a nuevas generaciones. Sobre estas preguntas giró el conversatorio 50 años del golpe de Estado en Argentina, realizado en el marco de la VIII Feria Internacional del Libro de las Universitarias y los Universitarios (FILUNI).

Clara Obligado, Sandra Lorenzano, Paula Mónaco Felipe y Candelaria Luque abordaron las huellas que dejaron la dictadura, la desaparición forzada, el exilio y la reconstrucción de la memoria desde la literatura. La conversación partió de una pregunta central: ¿de qué manera el golpe de Estado y el auge posterior al golpe han dejado huella? Las respuestas mostraron que la violencia política no concluye cuando termina una dictadura, porque sus efectos atraviesan sus formas en que cada generación comprende su propia historia.

Para Clara Obligado, escritora, creadora de talleres literarios y autora de Exilio, su reflexión apuntó a una idea fundamental: recordar también implica reconocer aquello que una sociedad ha sido capaz de construir frente a la violencia. La memoria, en este sentido, no representa una mirada inmóvil hacia atrás, sino una práctica que puede abrir posibilidades para el presente. “El dinamismo de la lucha por los derechos humanos y el dinamismo de memoria trasciende absolutamente las barreras nacionales”, afirmó.

La periodista Paula Mónaco Felipe llevó la conversación hacia las dimensiones humanas de la dictadura para observar las continuidades y rupturas que atraviesan el presente. Hija de Ester Felipe y Luis Mónaco, personas desaparecidas, recordó que durante el régimen militar argentino se produjo la desaparición de alrededor de 30 mil personas y el exilio de millones acompañado por profundas transformaciones económicas, consecuencias que no pueden separarse de las condiciones que persisten en la Argentina contemporánea: fábricas cerradas, dificultades económicas, afectaciones a las jubilaciones y una creciente presencia de discursos individualistas.

Sandra Lorenzano, escritora y académica, puso el acento en la responsabilidad que implica recordar, cuando planteó que la herida del exilio no desaparece simplemente con el regreso, porque puede transformarse, adquirir nuevos sentidos y encontrar otras formas de expresión. Uno de los desafíos que señaló fue cómo transmitir a quienes no vivieron aquellos acontecimientos, donde la víctima deje de ser únicamente parte de una familia y se convierte en una responsabilidad colectiva. Así, lo personal puede adquirir una dimensión política.

En este sentido, la memoria no permanece quieta. Se transmite, se discute, se transforma y vuelve a interpelar. Puede pasar de una generación a otra y convertir una herida individual en una conciencia colectiva. Como quedó planteado durante el encuentro, se trata de trascender lo personal hacia lo político y comprender que las historias de quienes padecieron la violencia de Estado también forman parte de la historia de una sociedad.

Cinco décadas después, la pregunta sigue abierta: cómo recordar sin quedar atrapados en el pasado y cómo mirar el presente sin renunciar a la memoria. La respuesta, quizá, se encuentre en continuar escuchando, narrando y construyendo colectivamente aquello que no debe volver a repetirse.