Fuente: Gaceta UNAM
Teatro UNAM ha puesto en marcha la Ruta Teatral Universitaria, un programa concebido para llevar el teatro directamente a planteles de esta casa de estudios (bachilleratos, facultades e institutos) y acercar obras que dialoguen con las problemáticas y experiencias de las juventudes. Más que un circuito de presentaciones, el programa propone un vínculo entre la escena y la comunidad: cada función va acompañada de una sesión de mediación, conducida por especialistas en psicoeducación, quienes generan espacios de reflexión y acompañamiento emocional utilizando herramientas cognitivo-conductuales.
“Fortalecer la presencia del teatro en la vida universitaria es fundamental para abrir espacios de encuentro, reflexión y diálogo en torno a temas urgentes de nuestro tiempo, como la cultura de paz, el duelo, la convivencia y la empatía. Con ello, buscamos impulsar un teatro accesible, cercano y dinámico, concebido desde y para la comunidad universitaria”, explicó Juan Meliá, director de Teatro UNAM.
Las obras que formarán parte de este nuevo programa, señaló, abordarán temáticas contemporáneas y desarrollarán procesos que favorezcan la reflexión colectiva y el intercambio de ideas, por medio de montajes diseñados para una transportación fácil y para adaptarse a auditorios, salones y otros espacios universitarios.
La primera puesta en escena de la serie, Mi hermano no murió como un niño héroe, con texto de Maribel Carrasco y dirección de Mariana Hartasánchez, narra la historia de una niña de primaria que, mientras espera el inicio de un concurso escolar de coros, deja fluir un torrente de pensamientos sobre la amistad, el acoso, el duelo y la violencia. Su hermano murió por una bala perdida camino a la escuela. Le dijeron que murió como un niño héroe. La protagonista, interpretada por la joven actriz y compositora Rosa Luna, no logra comprender qué significa eso.
“¿Cómo se puede morir como un niño héroe en un país como éste? Creo que ser un niño héroe es lo que viven los niños. Los niños son héroes, sobreviviendo constantemente”, consideró Maribel Carrasco.
La obra es, ante todo, una crítica al nacionalismo. El detonante dramático está en sus símbolos: los honores a la bandera, el himno, el culto a los héroes patrios. “Los nacionalismos son semilleros para las guerras. Desde los primeros años de la escuela lo incubamos: las banderas, los escudos, cosas que forman parte de hacer frontera en nuestro mundo”, señaló Maribel Carrasco.
La escuela, en esta obra, no es el lugar de la formación sino el del adiestramiento: la niña aprende a tolerar el acoso de los compañeros de sexto, a obedecer a una maestra que silencia a las niñas y consiente a los niños, y a cantar estrofas que convocan a la guerra sin entender por qué.
“La propia escuela se vuelve una especie de laboratorio de agresiones. Parece que son violencias cotidianas con las que deberíamos aprender a lidiar sin decir absolutamente nada y sin que eso despierte ninguna clase de pensamiento crítico, incluido el canto al himno, que tiene todas estas estrofas que son evidentemente belicistas”, comentó la directora.
El personaje llega a un punto de desbordamiento en el que imagina destruirlo todo, y en ese momento se descubre a sí misma reproduciendo exactamente lo que la violenta. Ahí radica uno de los hallazgos más certeros del texto: la niña no tiene una revelación edificante ni un colapso melodramático. Tiene un reconocimiento. Y a partir de él, toma una decisión.
Lo que subyace a ese reconocimiento es algo que tanto Carrasco como Hartasánchez identifican como el problema más grave que la obra expone: el abandono de las infancias. “En el mundo que les estamos heredando a los niños y a los jóvenes, no les estamos brindando opciones para expresarse. La única expresión más rápida, más cercana, es la de la violencia. No tienen otra forma de significar tampoco”, sostuvo Carrasco. El doble discurso que rodea a la infancia (sobreprotegida en el papel, completamente expuesta en los hechos) es también parte de lo que la obra desnuda. Nadie le resuelve la vida a esa niña. Cuando el hermano murió, llegó hasta el presidente municipal. Luego, nada.
“Estamos impresionantemente deshumanizados, falta empatía y compasión. El teatro busca que empatices con un personaje y lo que pasa es que las personas se sienten liberadas porque hablan de situaciones similares y dicen: es que no sé qué hacer con esto que me está pasando”, reflexionó Hartasánchez sobre lo que ha observado en las funciones dentro de los CCH, donde el diálogo posterior con psicólogos ha revelado la profundidad con que la obra resuena entre jóvenes.
Mi hermano no murió como un niño héroe se presentará en el Teatro Santa Catarina, Coyoacán, del 13 de junio al 4 de julio, con funciones de jueves a domingo.





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